lunes, 3 de junio de 2013

DESESPERADOS


DESESPERADOS
CASIANO LÓPEZ PACHECO
Me llamaré “ M”, para preservar el a anonimato y no atraer los focos sobre mi familia. Tengo 53 años y vivo en Chiclana de la Frontera ( Cádiz) , lo más cercano al paraíso que conozco en la tierra. Tengo 6 hijos. De los cuales solo uno tiene trabajo, con lo que ya podéis imaginar el drama que ello supone.
Tengo derecho a una pensión de invalidez de 940 euros y mi esposa cobra otros 360 más. Para los dos sería suficiente si no tuviésemos deudas, una hipoteca que pagar y a los hijos con trabajo. Resulta utópico creer en algo, tener fe o mantenerse en pie cuando se vive en un país con cerca de 6 millones de parados. Con ese lastre, pocas cosas pueden ir bien, castigados por una crisis lastimosa que se ha cebado con nosotros como si fuésemos carne de cañón, o vulgar carnaza.
Nada nuevo bajo el sol. Llevo demasiado tiempo que apenas duermo. En realidad, no pego ojo. Oigo la respiración profunda de mi esposa, inmerso en las tinieblas de la noche y las horas pesan como una losa de mármol, incapaces de doblegar mis párpados fatigados.
Cuando la débil luz del alba penetra por las rendijas de las persianas, tomo conciencia de que un nuevo día de tortura se abre expectante por delante. Me pesan los brazos, las piernas. Me duele la espalda, los ojos me arden y las manos parecen abotargadas. No tengo ganas de levantarme. Sencillamente, porque me duele el alma.
El sueño se me fue y solo quedan las pesadillas. Hace más de un año que no puedo pagar el piso y presiento que esto no va durar mucho. Que la cuerda se romperá por algún lado pronto. Y llegará lo inevitable. Recibiré una comunicación del banco que dirá que si en un breve plazo de “x “días no hago efectivo el pago de 167.000 euros, se “ verán obligados a ejercitar las acciones legales procedentes en defensa de sus derechos”.
Será un mazazo letal, un torpedo en plena línea de flotación. Ni siquiera se lo diré  a mi mujer o a mis hijos. Ahora vivo el estado previo a perder el sentido, a perder el norte, a perderme. Los bancos tienen guasa, los muy cabrones, aún teniendo razón porque una ley les ampara. No perdonan una y quieren cobrar caiga quien caiga. Los políticos zorrones del signo que sean les amparan, les cubren las espaldas y les llenan las cajas con nuestro dinero, con tal de salvarlos de sus dudoso enjuagues y turbios negocios en pésimas inversiones.
El sistema es una mierda imparable, una ola gigante que arrasa con todo. Aquí lo que hace falta es un nuevo Espartaco que nos libere de las cadenas y pasé algunos a saco. Pero no como ese policía timado con las preferentes que ha golpeado a un empleado de la entidad delictiva. No, hay que ir  a la cabeza. Al Consejo de Administración, a los que mandan, a los que se reparten la pasta manchada de sangre.
Yo ya no tengo fuerzas a pesar de que no soy un viejo. Y acaba de llegar el temido burofax que presentía. Tampoco soy un cobarde que huye. Es que no aguanto más y he perdido la ilusión y la esperanza.
Cuando todo esto acabe, que mi familia devuelva la vivienda al banco para que éste le condone la deuda y se vean libres de cargas. Yo no estaré para verlo. Sin embargo, el mar seguirá ahí y como en un poema que leí, seguirán los pájaros cantando.